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Hoy es necesario romper una lanza a favor del producto impreso, precisamente para luchar contra la falsa percepción actual de su falta de sostenibilidad. Durante décadas dos industrias han sido estigmatizadas por su negativo impacto ambiental: la petrolera y la papelera. Aun mejorando sus procesos, algo que sigue siendo cierto para la primera resulta muy equivocado para la segunda. El proceso de producción del papel ha eliminado la utilización del cloro para su blanqueo, extendiendo el proceso para la delignificación con oxígeno, ha eliminado los efluentes de las plantas, ha aumentado el porcentaje de reciclado en su composición, y ha hecho tan eficiente el consumo de agua que aproximadamente el 95% de la utilizada en su proceso vuelve a los cauces fluviales en ocasiones más limpia de como entró en la fábrica.

Que la reducción en el consumo, por parte de la sociedad, de producto impreso, a favor de los nuevos medios digitales (popularizados con cada vez más avanzados dispositivos móviles como los teléfonos inteligentes, tabletas, amén del ya omnipresente ordenador), es un hecho innegable. Sin embargo, quien hoy se deja caer en las manos de las nuevas tecnologías también vive en un entorno social que valora cada vez más los factores de respeto medioambiental y sostenibilidad, sobre todo dado el amenazador calentamiento global. Todos esos equipos vienen alimentados por baterías que son especialmente contaminantes a lo largo del ciclo de vida del producto. Metales pesados como el titanio, zirconio, vanadio, níquel, cromo, tantalio o, especialmente el cadmio cuando al final entran en contacto en el agua de los diferentes acuíferos. Por otro lado, la energía para recargar constantemente esos dispositivos no deja de ser otra fuente enorme de dióxido de carbono vertido a la atmósfera. El producto gráfico no necesita de ningún tipo de fuente de alimentación para su uso, y los libros, por ejemplo, permanecen en perfecto “funcionamiento” durante muchos años.

Según la comunidad científica es, precisamente, el CO2 de origen humano el responsable del actual calentamiento global. La actividad humana lo vierte a la atmósfera, y de la atmósfera lo “capturan” esencialmente las plantas gracias a la fotosíntesis. Pues bien, la mayor parte de los actuales fabricantes de madera se incluyen en un ciclo total sostenible, repoblando (cultivando) más hectáreas de las que se talan para la fabricación del papel. Por consiguiente la actividad papelera, en general, tiende a reducir el CO2 de la atmósfera y éste permanece tranquila e inofensivamente en las páginas de nuestros libros o de cualquier otro tipo de producto impreso. A eso hay que añadir la reciclabilidad del soporte más utilizado por la actividad gráfica, una reciclabilidad que no presenta los problemas de la cada vez más creciente basura electrónica.

Así, pues, si los ciudadanos desean hacer algo útil por el planeta yo propondría seguir utilizando los medios impresos, porque el papel es un producto natural, biodegradable, reciclable y que emplea un recurso potencialmente renovable, al contrario de los materiales que se emplean en la electrónica.

Fuente: Pressgraph

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